22 de sept. de 2011

Quimera V: DEFINICIÓN

¿Qué es la verdadera maldad?


-¡Pasar del blog durante dos meses y dejar a sus seguidores con la miel en los labios! ¡¡Cerdo!!
Si, es verdad, soy un cerdo... U.Ù

Pero ¡exacto! La maldad no es más que perjudicar a los otros. Entendemos por malvado todo acto que conlleve perjuicios (propios o ajenos) innecesarios, o que se hagan por el mero placer de fastidiar. Insultos gratuitos, agresiones físicas injustificadas, violación, homicidio... el criterio más seguro para calificar algo de malvado es que hiera sentimientos.


Y si nos atenemos a esta definición, nos encanta ser malos. Necesitamos ser malos. Y vivimos con la conciencia tranquila porque no somos nosotros quienes nos calificamos como malos (recuérdese que la empatía es un bien escaso), sino los demás.


El tigre que se come a una gacela, es malo a ojos de la gacela y totalmente correcto a ojos del tigre. La araña que pica a un ser humano matándolo es un pequeño monstruo a ojos de la especie humana, pero a ojos de los arácnidos es una víctima que ha ejercido su derecho a la autodefensa. El asesino psicótico o trastornado que se excita con la sangre y no experimenta empatía hacia los otros (porque sencillamente no puede; no es ya que quiera o no) a sus ojos se limita a cumplir con su papel en la vida, aunque el resto de nosotros clamemos exaltados pidiendo a gritos su cabeza.


A sus ojos, somos nosotros los malvados.


(Objetivamente, ninguno de los dos es bueno o malo. Somos nosotros quienes les damos ese calificativo. Hay quien escupe sobre el Mesías -no sobre su Iglesia, sobre él- y quien idolatra al del mostachito -o a su régimen- aunque eso "no esté bien." Hicieron lo que hicieron porque... bueno, eso lo pone debajo de ellos.)


¿Quién de nosotros no ha experimentado durante su juventud -o tiene la dicha de estar experimentando ahora mismo- arrebatos de rebeldía que nos movían a escandalizar a nuestros padres, maestros o los adultos de nuestro entorno en general? Eso es malo a sus ojos. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el morboso placer de acercarse a lo prohibido, lo "prohibido porque es malo"? Eso también es malo. ¿Cómo podemos ser tan hipócritas de exigir la Ley del Tailón para  ciertos asesinos de nuestra sociedad y extasiarnos con la visión de la sangre en series y películas gore? ¡Somos peores que Jigsaw -si incluso pensamos en formas de perfeccionar sus juguetes de tortura!
¿Quién se ha sentido culpable por herir los sentimientos de otra persona ANTES de hacerlo, y no después? Dime, ¿eres capaz de decir qué sentiste antes de hacerlo y mientras lo hacías?


"Ah, qué a gusto me he quedado." No te sientas culpable, chic@, es una constante de nuestra naturaleza. Es síntoma de que estás viv@.


(Estamos divididos entre esos polos de nuestra naturaleza que muestra el infante en sus puñitos.  =.=)


Pero espera un momento. ¿Estamos realmente divididos entre lo bueno y lo malo? ¿No he dicho hace un momento que la concepción de maldad variaba para cada individuo y situación? Como se ha podido comprobar, ese criterio de maldad es puramente utilitarista. Incluso las más altas reflexiones morales sobre el bien común están basadas en un criterio utilitarista. "Paz, justicia y amor" son la mejor receta médica para la convivencia social, pero exigen el precio individual de renunciar al derecho de experimentar esos placeres prohibidos.
Y como la mayoría comparte esa opinión, la mayoría impone su fuerza.
Esto no es bueno ni malo; simplemente "es". Mejor dicho, es lógico, y eso es lo máximo a lo que se puede aspirar a que sea un acto, en este mundo de moral laxa y moralina pomposa en el que vivimos. Quien tiene el poder, hace uso de él.


(¡Que se lo digan a él!)

Por descontado, se deduce que LA "MALDAD" NO EXISTE.
Y si no existe la maldad, su opuesto tampoco ya que ambos se complementarían. Si falta uno, ¿para qué queremos al otro? LA "BONDAD" TAMPOCO NO EXISTE.

No somos seres complicados y contradictorios, como nos quiere hacer creer la ética convencional. Somos seres sujetos a apetitos volubles sin más trascendencia que el momento en el que surgen. Apetitos que vienen impuestos por nosotros mismos o por los demás. El problema con la maldad no es únicamente la falta de empatía: es, también, la falta de comprensión por parte de los demás y de sinceridad con uno mismo. Esto último es sumamente importante: si nos negamos a darnos gusto a nosotros mismos ¿cómo pretendemos dar gusto a los demás? Si la frustración nos consume, ¿cómo esperamos hacer algo positivo en el mundo? El no escucharnos nos quita la soberanía de nuestras vidas. Somos nosotros quienes elegimos a quién hacer daño y a quién no, si es que elegimos hacer daño. Nosotros elegimos a quién proteger y a quién no, si es que elegimos proteger.
Somos nosotros los que elegimos ser atacados cuando los demás nos ofenden. La "extinción del ego", una constante en casi toda la filosofía oriental, tiene como objetivo precisamente eso: entender el funcionamiento global de las cosas para no ser atacados por nimiedades, vengan de nosotros mismos o de los demás. Sin embargo, nuestros juicios del día a día tienden a ser rápidos y movidos por pura estrechez de miras. Una búsqueda de chivos expiatorios que tiene como objetivo saciar nuestro ego "devoralotodo".

Somos nosotros los que elegimos a quién o qué tolerar y qué no. Somos nosotros quienes descubrimos qué nos da placer y qué no, y como obtener ese placer. Ejemplo arquetípico del placer malvado: asesinar. Asesinar a otro ser humano es algo que raramente consideraríamos de forma fría, salvo que tuviéramos una mente psicótica. Ahora, ¿existirían los videojuegos y series violentas si la gente no tuviera necesidad de saciar su impulso asesino? ¿Existirían los libros sobre ocultismo, armas, sexo salvaje e hipnotismo si no tuvieramos la imperiosa necesidad de imponer nuestro sadismo a los demás? Es preciso reflexionar sobre ello, y dejar de ocultarnos ante nuestros propios ojos.


Es sádico, ¡pero es gracioso! :D (Te has reido con el sufrimiento ajeno, eres más malo que la carne de perro)

Se dice también que el malo es infeliz y acaba consumiéndose en su propia maldad. Esto sería verdad, pero no estuviéramos hablando de "malvado" sino de "mezquino". El mezquino es alguien que busca desahogar sus frustraciones haciéndose pasar por malvado, o simplemente tocapelotas.
El verdadero malvado es puramente feliz siéndolo, y normalmente alcanza el éxito (social, personal, eso ya depende de él o ella) ejerciendo su maldad. Y se deleita en todo momento de su forma de ser y de vivir. Por contra, el mezquino siempre queda insatisfecho. Porque no necesita ser malo -es un niño pequeño que juega a ser adulto.

Ser malvado es mucho más complicado de lo que cree la gente común. Para serlo hacen falta una visión global y un sentido de la responsabilidad enormes -que nuestra pereza nos impide asumir. El malo malísimo que realmente lo es siempre reconoce orgulloso la autoría de sus actos.
Por eso apenas existen verdaderos malvados hoy en día: porque son lo suficientemente inteligentes como para comprender cuales son sus prioridades y qué modos de actuar le reportarán más beneficio y satisfacción personal que el Camino del Mal.

Todos los demás somos simples poses. Los mezquinos han usurpado la posición que le correspondía a los malvados. Y ahora nos toca a nosotros decidir qué hacer con ellos en nuestras vidas. ¿Comprenderlos y perdonarlos, siendo buenos? ¿Quitarlos de enmedio a sangre fría, siendo malos? ¿No es la primera opción la mala para nosotros, y la segunda la buena? ¿Y dónde queda la integridad en todo esto?


Por mucho que digamos, somos pequeños sacos de carne, sangre y conciencia que tienen un largo y duro camino por delante para llegar a afirmarse ante el mundo de forma totalmente positiva... para nosotros.


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